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Natalie Portman en la piel de Jackie Kennedy - Entrevista

Revista Diners 2017-03-12

DIEGO SENIOR*

El bombillo rojo de la cámara titila. Ella, sabiendo el significado, mira al centro infinito del lente. Ella, inteligente, entiende que así penetra la memoria emocional de todo espectador. Ella ha sido ajena a la escasez y acostumbrada al escarnio público.lla, delicada al hablar y con una aprendida mirada esquiva, es también artista, periodista y directora por naturaleza, más que por elección.

Ella es líder entre su casta, educada en el prestigio y además, inevitablemente, un ser político. Su nombre puede ser cualquiera: Natalie o Jackie. Su apellido también: Portman, Bouvier, Kennedy u Onassis. Hoy, son la misma. Una, actriz profesional desde los 13 años. La otra, también actriz, pero en el teatro social y político, desde siempre. Son la misma. Hoy, la muy viva intérprete israelí encarna a la ya difunta y eterna primera dama.

Son las dos de la tarde en Nueva York. Estamos en el piso 14 del Hotel St. Regis, sobre la Quinta Avenida de Manhattan. Cielo azul, luz de tarde por la ventana. Portman se sienta frente a mí, atenta a su asiento y encorvándose, protegiendo de manera humilde a su segundo hijo que evidentemente está cerca de nacer. Al hablarle, quiero no conversar con ambas mujeres, el personaje y la actriz, pero me resulta imposible. Sobre todo habiendo visto la película dirigida por el chileno Pablo Larraín sobre la icónica esposa de John F. Kennedy, protagonizada por la agraciada actriz en un evidente esfuerzo de llegarle, de nuevo, a la estatuilla dorada. Un intento que va por camino sólido tras la reciente nominación a los Globos de Oro 2017.

Es difícil encontrar a la persona detrás del nombre durante solo 25 minutos de conversación pactados bajo una condición temática tácita: su más reciente trabajo. De todas maneras, Portman se abre y se dispone, con pocos pero determinados distanciamientos.

“BATIR PESTAÑA” En la película, Jackie Kennedy, recién convertida en primera dama de Estados Unidos, realiza un documental sobre la Casa Blanca donde, evidentemente, Portman ya ha estado. “Fue una experiencia extraordinaria. Pude estar en un tour durante la presidencia de Obama y nuestro set para la película fue increíble. Jean, nuestro diseñador de producción, hizo un trabajo fascinante, muy exacto. Una recreación precisa.

Y fue buen presagio que hiciéramos la película en París porque los únicos artesanos que pueden replicar la versión original de la casa están en Francia”, dice emocionada. De hecho, al hablar de detalles cinematográficos, cuenta más de lo que esperábamos. “Es siempre sorprendente, como actor, trabajar en un ambiente real”, dice Portman haciendo referencia a su coprotagonista, la Casa Blanca. “Así, te puedes entregar y perder un poco más. Pablo (Larraín) y Estefan, el cinematógrafo, trabajaron juntos e iluminaron el lugar entero para que yo pudiera ir a donde quisiera. La cámara, en la mayor parte del tiempo, fue improvisada, al hombro del operador. Eso nos dio mucha libertad para poder movernos a lo largo de la casa”.

Con la pretensión de entrarles a ambos hemisferios de su cerebro (el de actriz políglota y el de psicóloga con título de la Universidad de Harvard), le pregunto si habló con alguien de la familia Kennedy en su preparación del papel. La emoción que tenía hablando en la pregunta anterior se esfuma.

“No. Ellos son muy privados”, responde distante. Lo hace con razón, no en vano los Kennedy son lo más parecido que Estados Unidos tiene (¿tuvo?) a los Windsor en Inglaterra. Eterno paralelo.

Me esfuerzo de nuevo por abrir su intuición narrativa sobre la misma cuestión, ¿cómo hizo entonces para el acercamiento a semejante personaje?

“Utilicé todo el material en video que encontré en YouTube. Es un gran recurso. Hay mucho por encontrar. Incluso están las primeras entrevistas que hizo cuando Jackie estaba lanzándose al Senado. Y ahí uno entiende la manera en que fue construyendo esta imagen muy pública de ella misma. Al principio era más áspera, pero luego se va puliendo; su voz cambia, y aprende a ser un poco más suave, batiendo sus pestañas más y mirando menos a los ojos”.

La descripción me deja fascinado. En particular el término batir pestaña. Se traduce al inglés perfectamente. Y, de hecho, batir pestaña es lo que ella hace (y mucho) en Jackie y en varios de sus más impactantes papeles. Sobre todo en los que le trajeron los Globos de Oro y el Óscar. En El cisne negro, bajo Darren Aronofsky, el vaivén entre la inocencia y la maldad quedó encarnado en sus ojos maquillados de negro y su cuello estilizado. En Closer, su necedad y ambición también conviven con el batir de pestañas y el entreabrir de sus labios.

Entre bateo de pestaña y ensayo de ballet para el rol que le dio su Óscar, Portman conoció a su marido y padre de sus dos hijos (incluyendo el que está por nacer en el momento de nuestra conversación). El afortunado es Benjamin Millepied, bailarín y coreógrafo francés. Resulta fácil imaginar el fino cortejo, quizás hasta una delicada seducción, entre el bailarín y la actriz durante los ensayos en la filmación de Cisne negro.

Portman, rigurosa investigadora y madre en su tiempo libre, usó más materia prima para descifrar el reto que Jackie le representa. “Usé libros también. Casi todas las personas que la conocieron escribieron libros sobre ella: desde el guardaespaldas hasta la niñera de sus hijos. Es interesante porque uno recibe puntos de vista de diferentes personas en una manera similar a la que se construye un guion. Uno la ve a través de sus relaciones con distintas personas y, claro, su relación con ella misma”.

MADRE Y DIRECTORA

Al mencionar la palabra guion, ahí sentada en un cuarto de hotel, con aretes de oro delgado, casi filigrana, en forma de hojas o plumas, Natalie revela quizás intencionalmente su faceta actual: directora de cine. Algo que le nació tras una carrera de 25 años y cuarenta películas a cuestas.

Antes que hablar de ella misma, hace referencia a la situación de Hollywood: “No hay suficientes mujeres directoras de cine. En parte, por un sistema que no las apoya y, en parte, también porque no eligen ser líderes. Creo que yo no he rechazado trabajar con una mujer directora. Hasta ahora no me ha llegado un rol bueno e interesante para trabajar en conjunto con una mujer directora”.

Portman ya dirigió sus propias películas: el cortometraje Eve en 2008 y luego A Tale Of Love And Darkness, en 2015, su primer largometraje.

En esta película Portman lo hace todo: escribió el guion (basado en el libro de Amos Oz), dirigió, produjo y protagonizó. La película es en hebreo y Portman la llevó a Cannes en 2015, donde recibió favorables, pero intrascendentes críticas.

Pero al preguntársele cuándo dirigirá su próxima película, se torna esquiva de nuevo: “Todavía no. Lo diré cuando esté lista”.

Por ahora sigue actuando. Este año también estará en Weightless, una película del gran Terrence Malick en la que Portman participa de una intersección entre dos triángulos amorosos, junto a dos colegas que tienen lo mismo de globales y atractivos que ella: Ryan Gosling y Michael Fassbender.

En todo caso, dirigir constituye una de las que parecen ser sus dos nuevas prioridades. La otra es ser madre. Le pregunto ¿cómo esto le ha cambiado la perspectiva tanto en la actuación como en la dirección?

Reflexiona unos segundos antes de darse cuenta, en un momento desprevenido, abriendo sus dedos y uñas color rosa pálido, que ser madre la “ha hecho ser más calmada”. “Es algo útil para ser director”, dice, “porque el director, en buena parte, se parece a un padre: trata de sacar lo mejor de las personas y crear las condiciones para que todos entreguen lo mejor. Aquí, claro, se trata de lidiar con pares y la interacción es muy diferente, obviamente”.

¿Y MELANIA TRUMP?

Ya casi son las tres de la tarde. El invierno inicia en Nueva York. Hay abrigos en las calles. El de Portman es pequeño, como ella, y a cuadros, como los de Jackie. Casi un disfraz. La ventana del St. Regis, nuestro aposento temporal, tiene un monolito negro gigante al frente. Es la torre Trump. Centro del poder global durante la más reciente transición presidencial estadounidense. Es imposible no preguntarle a Portman por ese apellido, por esa familia y, obvio, por esa nueva primera dama. La primera extranjera en serlo.

Hago la pregunta y el muro protector se levanta otra vez. Ahora con una respuesta de seis tajantes palabras “No sé mucho acerca de ella”, sumada a una mirada más digna de Jackie que de Portman, con la que da a entender que la pregunta está por debajo suyo.

Sí prefiere, en cambio, hablar de otras esposas de presidentes de Estados Unidos, más allá de Michelle Obama, diciendo que “después de la película ha estado leyendo sobre otras primeras damas. Nelly Taft, por ejemplo, una mujer muy notable. Abigail Adams, la segunda primera dama de EE. UU., también muy influyente y fuerte. Hay una historia enorme, a pesar de que las mujeres no pudieron llegar a votar sino hasta el siglo pasado. Es notable el impacto que han tenido, pese a haber sido excluidas y acosadas por tanto tiempo”.

Portman profundiza sin querer ni presumir, justo como hace al cambiar de lengua. Domina tres, pero habla seis en total. Entre ellas japonés, hebreo (su lengua materna) y español. Ya es conocida la anécdota de la buena impresión que dejó en los trabajadores germanos del set de V for Vendetta, en Berlín, con su fluido manejo del alemán.

“Inteligente y delicada”, me la describió un amigo cineasta que tenemos en común. Él y yo y todos la hemos visto crecer en pantalla, como suele pasar con talentos como el suyo. Hoy ya es mujer. Perdón, no. Hoy ya es Mujer, entre mujeres.

La miro a los ojos, buscando a la bailarina exótica de Closer, o a la pequeña huérfana enamorada queriendo ser sicaria para El perfecto asesino y, de paso, a la mitómana de Garden State. Todas están ahí. Pero ella, la pequeña, la actriz, la madre, ella, elige mirar a otro lado perfeccionando sus ideas para la prensa presente. Enfocada, como se debe, en promover su más reciente película. Muy profesional. Justo como Léon le habría enseñado.

Jackie Kennedy definió a su marido, y no al revés. Así lo cree Portman y así la interpreta en su película. La pinta como a una mujer cuya sabiduría nace en la muy pública muerte y muy público luto de su marido. En medio del diálogo, elige un breve monólogo para enfatizar eso. “El hecho de que ella haya pasado de ser Jackie Kennedy a ser Jackie Onassis y que llamemos la película Jackie y todos sepan de quién se habla, nos muestra que a ella no se le define por su apellido.

Cuando ella dijo ‘yo no seré la viuda Kennedy’, ella quiso decir que no dejaría definir su vida al ser esposa de Kennedy, mucho menos al ser su viuda. No se dejó definir ni por el luto ni por la recolección de placas en nombre suyo, o el nombramiento de edificios con su apellido. Creo que la película muestra qué tanto ella se creó a sí misma y qué tanta presencia era ella en sí misma.

Ella sí lo definió a él, y no fue al revés”. Una mujer empoderada por otra.